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Resucitando el feudalismo

Los ideales y principios que entronizaron filosóficamente a la Revolución Francesa tuvieron mucho que ver con nuestra vocación cultural y cívica en Uruguay. No los copiamos ni los remedamos. No los injertamos.

Los incorporamos por conciencia. Y por eso los aplicamos hasta armar una nación de seres solidariamente libres, con derecho a buscar cada uno su camino sin interferir con el prójimo.

Gracias a esas convicciones, tenemos una Constitución que respalda nuestros derechos, tanto en nuestra gestión externa como en nuestro fuero íntimo

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La Asamblea Nacional echa abajo por entero al régimen feudal.” Así de lapidario fue el primer artículo del decreto por el cual, en la noche del día 4 de agosto del año 1789, Francia puso fin a una pesada cadena de iniquidades que tenían siglos.

Ese decreto suprimió “sin indemnización” la “servidumbre personal”, que imponía trabajar la tierra gratuitamente para el señor feudal.

Derribó la “mano muerta”, por la cual a los “siervos” no los heredaban sus hijos sino su señor feudal.

Acabó con las corporaciones, que confinaban a los trabajadores en gremios cerrados que oficiaban como esposas y grilletes que cercenaban el desarrollo personal, impedían la competencia por aptitudes y se oponían a la formación del libre mercado.

Suprimir la servidumbre y terminar con la sujeción a las corporaciones fue sin lugar a dudas uno de los actos más trascendentes de la etapa no sanguinaria de la Revolución Francesa.

El mismo ocurrió apenas tres semanas después de la toma y demolición de la Bastilla -símbolo de opresión, cuya fecha, 14 de julio, se consagró como fiesta nacional de Francia.

Sucedió tres semanas antes de aprobarse la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, nacida y redactada con la vocación de libertad, igualdad y fraternidad que le venía de sus raíces -la Ilustración, la Enciclopedia-, redactada con tal universalidad que sirvió como inspiración a la Declaración de la ONU, aprobada en 1948.

Los ideales y principios que entronizaron filosóficamente a la Revolución Francesa tuvieron mucho que ver con nuestra vocación cultural y cívica en Uruguay. No los copiamos ni los remedamos. No los injertamos.

Los incorporamos por conciencia. Y por eso los aplicamos hasta armar una nación de seres solidariamente libres, con derecho a buscar cada uno su camino sin interferir con el prójimo.

Gracias a esas convicciones, tenemos una Constitución que respalda nuestros derechos, tanto en nuestra gestión externa como en nuestro fuero íntimo.

Una Constitución que nos impone a los uruguayos el deber de negarnos a ser indiferentes, autómatas o piezas de rebaño.

Y sin embargo, a contramano de ese Texto Magno se han multiplicado en nuestra comarca los enfoques que abandonan lo universal humano.

Y en nombre de determinados intereses gremiales, particularidades étnicas y hasta posturas sexuales, rompen con los principios, enarbolan fanatismos y levantan muros feudales.

De hecho, se revive de esta forma el corporativismo, al sustituir la solidaridad general por pertenencias crispadas y particulares.

Junto a ese retroceso tan grave, han desembarcado escuelas de egoísmo que a la pasión por el bien la sustituyen por la conveniencia inmediata; al amor al prójimo, por la pertenencia corporativa; y al ideal de justicia, por la mera equidad.

Matando de esta forma el yo-soy-tú de la comunión interpersonal, le hemos achicado la cancha al individuo y a la humanidad.

Y eso es mucho más grave que lo que puede parecer a simple vista, porque la resurrección del feudalismo le inflige golpes ruines a la cultura, a la vida de servicio y al Derecho.