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Fama artificial

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Lo cierto es que la luz sobre esta cuestión me llegó cuando, en mi juventud, un día me pregunté cuántos habían sido, a fin de cuentas, los muertos. Tenía en mente una población rural del cantón central de Alajuela que yo frecuentaba y a la cual los folcloristas provincianos le habían endilgado la fama de que ahí los muertos en peleas a machetazos eran cosa de todos los días.

Fama tan arraigada que puedo dar testimonio del siguiente episodio: el equipo de fútbol de un barrio de Alajuela llegó al vilipendiado lugar a jugar un partido contra el conjunto local y cometió el desatino de anotarle varios goles en el primer tiempo.

Alarmado, el entrenador visitante le indicó al conductor del autobús —una cazadora— que encendiera el motor cuando calculara que faltaba un minuto para el pitazo final, de manera que cuando el árbitro sopló levantando las brazos, los atletas fuereños corrieron hasta la cazadora y no quedó en la cancha quien recibiera el trofeo. Sencillamente, nadie quería morir degollado

La lectura me dejó la impresión de que el autor de aquella inadvertida novela costarricense intentaba vendernos la idea de que las andanzas inverosímilmente orgiásticas y etílicas de un grupito de bohemios capitalinos, en una alejada zona rural, eran el material adecuado para condimentar un banal relato costumbrista.

Retorné a una vieja noción: en nuestra literatura, no pocos cuadros costumbristas son arrogantes representaciones de la vida y el lenguaje de los campesinos, urdidas desde una perspectiva urbana que bordea la burla, el choteo y el menosprecio.

No en balde, en el teatro y en la televisión se incurre con ofensiva frecuencia en una incorrección política: la del personaje campesino bobalicón, risible y, cuando se puede, patán.

Alguna vez esbocé esta queja en un ambiente académico y la reprimenda que recibí incluyó la recomendación de pensar lo que quisiera, pero manteniendo la boca cerrada mientras careciera de un diploma sellado y firmado que me autorizara a abrirla.

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Lo cierto es que la luz sobre esta cuestión me llegó cuando, en mi juventud, un día me pregunté cuántos habían sido, a fin de cuentas, los muertos. Tenía en mente una población rural del cantón central de Alajuela que yo frecuentaba y a la cual los folcloristas provincianos le habían endilgado la fama de que ahí los muertos en peleas a machetazos eran cosa de todos los días.

Fama tan arraigada que puedo dar testimonio del siguiente episodio: el equipo de fútbol de un barrio de Alajuela llegó al vilipendiado lugar a jugar un partido contra el conjunto local y cometió el desatino de anotarle varios goles en el primer tiempo.

Alarmado, el entrenador visitante le indicó al conductor del autobús —una cazadora— que encendiera el motor cuando calculara que faltaba un minuto para el pitazo final, de manera que cuando el árbitro sopló levantando las brazos, los atletas fuereños corrieron hasta la cazadora y no quedó en la cancha quien recibiera el trofeo. Sencillamente, nadie quería morir degollado.

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Hasta donde recuerdo, mi duda estaba plenamente justificada. En un lapso de varios años solo supe de una —por supuesto muy lamentable— muerte a machetazos en aquel lugar. La desordenada huida del equipo ganador era la escenificación indispensable para darle solidez a la narrativa costumbrista citadina.

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El autor es químico.

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