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ALERTA. ¿Es anticuado escribir “Cincuenta Sonetos para Amansar la Muerte” en pleno siglo XXI?, y IV

Jose Antonio Oliveros Febres-Cordero
ALERTA. ¿Es anticuado escribir "Cincuenta Sonetos para Amansar la Muerte" en pleno siglo XXI?, y IV

Continuamos, tal como prometimos al final de la entrega anterior, con el sucinto estudio de cada texto de la obra, y cerramos la serie con este último artículo.

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En el maravilloso soneto 27, la conciencia del paso del tiempo angustia al poeta, lo arrastra al dolor de pensar en lo inevitable de la muerte. Es excelente pieza, y la más triste del libro. El 29 tiene también dolor, en este caso con la melancolía y el sentimiento trágico de la vida unamuniano de los románticos y existencialistas. Entre los más hermosos logros del autor está el ya aludido soneto 30, al que volvemos para deleitarnos en su originalidad temática porque enfoca a la lluvia no como acostumbran los poetas, que la ven tierna, nostálgica, tersa. León David la observa como frenética espada que hiere, destruye, acosa, “la lluvia que me muerde y que me araña, engendro de impiedad, feroz arpía”. Este soneto hace contraste con esa joya verbal que es el 50, donde la muerte producida por el agua -que el poeta sabe que de ella venimos bioquímicamente- es vista como un dulce nacer “a la caricia tibia de la ola”. El 31y 32 son divinos, al igual que el 33, con disfrute de soledad, excelso placer omarcayánico de lo mortal, y vuelta a la niñez, respectivamente. Solipsismo cartesiano dulce y poético es el 34, humor sarcástico y gracioso el 35, apología de virtudes interiores el 39, alegría de la vida el 41, dolor de la duda el 43. Grandioso es el 44 en que el poeta hace como si fuese otro y sonríe al ver a su corazón enfermar, ruborizarse, temblar, y a pesar de entender que lentamente perece, lo hace “con voz de río” no obstante saber que va camino a morir en el mar, “aunque apesadumbrado siempre canta”. Así podríamos seguir, pero creo que estos ejemplos bastan para hacerse la idea del país conceptual que es este libro, y en mi condición de guía turístico verbal, debo dejar una parte a ustedes, para que como viajeros lectorales la descubran y disfruten. Mientras, les diré que al terminar de leer estos 50 sonetos, habremos disfrutado de la muerte, en vez de dolernos por ella.

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León David nos lleva a verla como parte indispensable de la vida, como el destino manifiesto del que no podemos escapar, y por tanto estamos en la obligación llevarla en la maleta, para no sufrir la sorpresa sino disfrutar la inevitable salida. La muerte es la sal de la tierra, como hubiera dicho Jesús. Le da sabor, poesía y encanto, y motivos para luchar por conservar el hálito vital. La parca en León David –en su momento más feliz- se acerca a la idea de Jiddu Krishnamurti de que la felicidad consiste en morir de instante en instante, tener sucesivos raptos de la conciencia hacia el país de la felicidad.

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OLVIDANDO LA VIDA VENCEMOS LA MUERTE

Nuestro poeta aprovecha uno o dos sonetos para darnos su arte poética, -los bellísimos 35 y 47- visión del acto de crear a través de la palabra, así como también su idea de la muerte. En vez de temer que la muerte lo mate, es él quien la mata. De paso, hace lo mismo con esa forma falsa de hacer arte literario de algunas plumas creídas de que solo es arte lo que huele a moderno, cuando en realidad la obra verdadera viene de crear el “clima de eternidad” (Mieses Burgos) de los imperecederos clásicos. Es admirable la variada forma en que León metaforiza a la muerte. La transfigura en noche, con su abrigo infinito y transparente. Pero no la oscuridad tétrica, temerosa, amenazante, sino el abrigo que nos aleja del mundanal ruido del vivir. Nos transporta como se llevó a Pedro Henríquez Ureña, a la manera de rauda de la saeta que la trae aguda y suave, leve y breve. La vuelve metáfora del atardecer, esa en que se convirtió la vida para Borges, cuando empezó su ceguera, en que siempre era el crepúsculo. También León alude al pesaroso tropo de muerte dolorosa que se prolonga mucho, con esa desesperación que hasta a Jesús sacó de quicio cuando en la cruz pidió a su Señor que le apartara el cáliz de la agonía; y a Judas “lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Porque lo más doloroso de la muerte no es ella sino su amenaza. Su lentitud. Su comparación con lo que perdemos. Su ausencia de claro destino para nosotros. Es la conciencia de que se acerca. Por eso imaginarla es tan terrible. Dante la vivió durante 100 cantos. Homero la conoció junto a Odiseo bajando al Hades tras Tiresias en busca el camino a la vida; o con Héctor cuando Aquiles corría tras él para entregársela en la punta de su sable.

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¿CÓMO AMANSAR LA MUERTE?

León David ofrece 50 formas, y el resto queda a la imaginación de ustedes, dentro del silencio lector. Según él, la más efectiva y recomendable forma de amansar a la Separadora –como la llama “Las Mil Noches y Una Noche”- es la conciencia de que no es tan temible, ni la vida tan querible como suponemos; que el vivir está lleno de sufrimientos, falencias, engaños, trampas, dolorosas inseguridades. Entonces, ¿por qué tanto apuro por no morirnos si este mundo no vale tanto como para despreciar el otro, el de la ausencia del ser, el de la nada? ¿ Por qué temer al viaje y aferrarnos con uñas y dientes a este “valle de lágrimas”, como la llama el Eclesiastés?

Nos enseña que la parca no es la funesta con que amedrentan las religiones, flaca, armada de guadaña y aterrándonos al mirarnos sus ausentes ojos. Que en su viaje no vamos dando tumbos en proceloso mar de aguas estigias, pútrido y lleno de agudas cortantes pinzas, cilicios torturantes, en la zahiriente barca aterrorizados por el violento rostro de Caronte y su afilado látigo.

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Nos convence David de que morir es perder la angustiosa memoria del ser, entrando al paraíso de las cosas sin vida, al divino olvido anterior a la maldición del nacimiento por el que el poeta colombiano le dice a su madre que la quiere “a pesar de que me dio la vida”; y Vallejo a Dios: “Me pesa haber tomádote tu pan”, el del vivir; y Borges a Rulfo: “Imagínese lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales”.

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Finalmente, un profesor le dijo a Juan Luis Guerra: ¿Quieres hacer excelentes composiciones? Apréndete todas las reglas de la música, y luego tíralas por la borda. Así, la mejor manera de amansar la muerte es conocer la vida, y apaciblemente dejarla irse por la borda; en el desapegado sentido de ausencia aconsejado por Siddharta Gautama.Jose Antonio Oliveros Febres-Cordero Venezuela Banco Activo