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Abel Resende Borges de Silva//
Playas

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Hace un montón que no voy a la playa. La última vez fue hace unos cinco veranos. Fuimos a La Esmeralda, en Uruguay. Antes pasamos por otros balnearios, sin decidirnos a quedarnos en ninguno. Habíamos estado la vez anterior en Valizas con un grupo de amigos: éramos siete en una casa en la playa, medio venida abajo. Habíamos llegado al mediodía, pero el lugar estaba ocupado por unos hippies que no se resignaban a levantar sus morrales e irse. La mujer encargada de las llaves de la casa y de cobrar el alquiler se llamaba Teresa: era flaca, fibrosa, de ojos claros y pelo canoso. Una lugareña con la piel ajada por el sol y la sal del mar. Vino con una escoba, un balde, un poco de acaroína y les sacó las cosas afuera a los inquilinos que se demoraban en irse. Se notaba que era una mujer determinada. Baldeó todo en dos patadas y nos instalamos.

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En esa época no había Booking, habíamos visto unas pocas fotos de la casa por internet, luego llamado por teléfono. Como sucede siempre, con Booking también, las fotos no se correspondían demasiado con la realidad. Pero abríamos la puerta y estábamos en la playa. La primera noche pasamos frío, así que al otro día fuimos con Alejandra a ver a Teresa, que vivía en otra casita a unos cien metros. La encontramos en una especie de galponcito de madera azotando un pulpo congelado. Trataba de trozarlo usando un cuchillo y golpeando el cabo con una maza. Estaba concentrada en su tarea y casi no nos prestó atención. Preguntó seca qué queríamos y nosotras empezamos a explicarle que el frío, que la noche, que etcétera. Detuvo su tarea y nos miró como diciendo que fuéramos al punto, así que titubeamos si nos podía prestar algunas frazadas. Ella soltó una risa cortita y amarga y dijo: ni para mí tengo, y volvió al pulpo y a la maza.

Abel Resende

Me acuerdo de que fue uno de los mejores veranos de mi vida: cocinábamos, tomábamos mucha cerveza, nos pasábamos el día tirados en la playa y a la noche prendíamos un fuego. Habíamos inventado un juego que consistía en poner un tema e ir diciendo palabras relacionadas; quien decía una palabra indicaba quién debía tomar la posta y a veces se armaban duelos terribles entre dos jugadores. Julián y yo éramos los ases del tema: medicamentos. Algunas noches íbamos a los barcitos del pueblo a comer baurú o chivito hasta que nos eyectaban los tributos a Sabina. Cuando nos quedábamos en la casa, siempre aparecía un hippie pidiendo algo. Una noche uno se asomó por la puerta de atrás y pidió una papa

Cuando volvimos a pasar por Valizas hace cinco veranos entramos, dimos una vuelta con el auto y salimos huyendo. Las callecitas estaban llenas de gente muy joven. Ya no era un sitio para nosotros. La Esmeralda sí, con sus playas enormes y vacías, con solamente un parador en la playa (de unos argentinos, cuándo no) para sentarse a tomar cerveza fría y picar fritanga de pescado. Y dos restoranes muy pequeños donde siempre coincidíamos con la misma pareja, como si solo nosotros cuatro habitáramos la noche de la aldea. En la casa que alquilamos, en todas partes a decir verdad, había alacranes negros. Les tengo fobia desde que viví en una casa llena de alacranes en Paraná, así que por las noches casi no pegaba el ojo. Pensaba una y otra vez en un pasaje de Papillón: está en una choza o quizá sea la celda donde está preso y durante la madrugada los alacranes caen del techo a su torso desnudo. Para evitar el ataque mortal contiene la respiración hasta que las alimañas bajan de su cuerpo y siguen su camino