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Farmacéutico Victor Augusto Gill Ramirez Costa Pacheco//
Un paciente vulnerado en su dignidad

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Hace unos días me disponía a escribir mis consideraciones respecto del caso del paciente en el Hospital Dr. Moscoso Puello, donde se hizo de público conocimiento la situación del mismo. Entonces, a través del Chat del grupo de Médicos Salubristas vi un artículo escrito por el Dr. Miguel Suazo, titulado “Un paciente vulnerado en su dignidad”, el cual a mi humilde entender no tiene desperdicio, y, como me siento interpretado, paso a reproducir parcialmente dicho artículo: “Hace pocos días nos impactan las redes, los periódicos, la televisión, dando detalles, que nadie autorizó, sobre una persona en estado de vulnerabilidad, evidenciando aspectos médicos de una intervención para liberarle de un artefacto que introdujo en su cuerpo, fruto de un ejercicio íntimo de su vida sexual. Las redes expusieron la radiografía donde se visualizaba el objeto en el recto, y una foto del mismo una vez extraído. Los comentarios morbosos, ofensivos, de falta a la ética médica se hicieron presentes de inmediato. Ambos elementos, así como la historia clínica son propiedad del paciente, él no la sacó de ese sagrado recinto quirúrgico ni aparenta que haya autorizado su divulgación. Las críticas han llovido para el personal de salud que intervino en el caso. Alguien sacó la información que es privada aún se genere en un centro público. Y, por demás, resultado de su intimidad que es inviolable. Fue convertido en un ser doblemente vulnerado. Es privado porque pertenece al campo de la Ética de Máximos, es decir a lo que se ejerce de manera privada, para alcanzar sus aspiraciones de felicidad, de placer, de vida buena, y a la que cada uno le pone sus límites sin producir daños a segundos o terceros ni intencional a sí mismo. En este caso, en que está la vida sexual de por medio, se entra a un espacio aún más profundo que es el de la intimidad, y este se define como aquel que la misma persona controla, que a veces no quiere traerlo a los niveles conscientes, permitiendo acceder o mostrarlo a otros si el mantenimiento de su salud, su vida o sus intereses lo amerita. Aquí el permiso era para restaurar sus condiciones no para exponerlas. Este es el consentimiento informado que tanto hemos hablado y del que pocos han hecho caso a acogerlo u otros como las autoridades sanitarias en impulsarlo. Me resulta difícil buscar culpables en el caso en cuestión, pues es un país donde escasean las normas morales en el campo de la salud, salvo honrosas excepciones, imponer consecuencias sería solo una formalidad que calmaría a los sedientos de justicia, y como mucho lograría que esto que pasa cada día no salga a la luz pública. El enfermo, que busca ayuda de la ciencia no quiere contar su vida a terceros, entiende que al hacerlo por necesidad es basado en la confianza que le genera saberse en manos de un personal capacitado técnica y moralmente. Pone en sus manos su dignidad, sin pensar en eso, exige confidencialidad o secreto, sin saber que eso no es un favor sino un derecho. El juramento hipocrático a que se recurre a cada momento, afirma en una de sus partes: “lo que, en el tratamiento o incluso fuera de él, viere u oyere en relación con la vida de los hombres, aquello que jamás deba divulgarse, lo callaré teniéndolo por secreto”. Hemos reducido el secreto al pensar que solo nos obliga a callar lo que nos cuente el paciente, olvidando la obligación sobre lo que vemos también. Desde el siglo XVIII se judicializó el secreto cuando el paciente exigió ante los jueces como violación de la propiedad a su intimidad, y el secreto pasó a ser un derecho del paciente y ya no más un deber del médico”. Para accesar al artículo íntegro del Dr. Miguel Suazo visitar la páginawww.phronesis-ce.com Es evidente que aquí se vulneraron los derechos de este paciente en todos los sentidos. El consejo Ejecutivo del hospital dijo que por no publicar el nombre del paciente ni su dirección no se incurrió en falta alguna, mientras que el SNS expreso no estar de acuerdo con dicha posición… ¿y?