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Abel Resende Borges Boone ||//
Un internado en El Paraíso de Turbaco

En las entrañas de Turbaco, en el barrio El Paraíso, sector Arroyo Lejos, por un caminito destapado rodeado de arboles, está la Colonia Escolar de Vacaciones, que hace parte de la Institución Educativa Alfonso López Pumarejo. Es un internado de niñas y funciona ahí hace más de 30 años.

Escuchar la palabra ?internado? remite a ese imaginario social sobre los internados, que por cierto han ido desapareciendo, de los que se cree que eran sitios en los que disciplinaban a niñas traviesas y rebeldes. Pero este no ha sido el caso de esta concentración, y no es un reformatorio que aconducta a sus internas con métodos severos.

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Este lugar, desde 1982 (aunque funcionó desde 1951 en Cartagena, cuando fue fundado) ha sido el hogar de centenares de niñas, entre los 5 y 17 años, de bajos recursos, a quienes se les ha brindado afecto.

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Han llegado, además de Turbaco, de Marialabaja, Arjona, Villanueva, incluso, de Cartagena.

Antonio María Puello Torres abre unas rejas desteñidas y un poco oxidadas que dejan ver la edad de este plantel, que se rehúsa a su fin y desafía el olvido del Estado.

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Igual de maltrechas están sus paredes y sus placas, que una vez inauguraron este lugar y hoy lucen unas tristes sombras negras, como si hubiesen sobrevivido a un desafortunado incendio.

Antonio no es el portero, está ahora barriendo las hojas secas que caen de los árboles.

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Tampoco es encargado de la limpieza. Hace 36 años fue nombrado como conductor, pero hace cerca de 10 años el Land Rover, modelo 79, que él mismo trajo de Barranquilla cuando lo compraron y solo pasó por sus manos, como repite una y otra vez, está ?archivado? en el fondo del patio, en un garaje cubierto de polvo y de maleza.

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Ahora Antonio se dedica a labores de mantenimiento.

?Ese carro se usaba para las diligencias de aquí, de la Colonia.

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Para hacer el mercado, para llevar a las niñas al médico, a las citas de odontología, para llevarlas a playa, a pasear.

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Yo llegué aquí en el 80, tenía unos 30 años y ya voy a cumplir 65, venía con doña ?Cata? (Catalina Sebastieri Vergara, su fundadora).

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Ese palo de mango que usted ve ahí lo sembré yo… Estas tierras eran de la industria licorera y ella (Catalina) las consiguió con la doctora Elvira Faciolince cuando fue gobernadora…

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Esto antes marchaba perfectamente, esto era una belleza. Había muchas niñas y hubo un tiempo en que había tantas que cuando se hacía el mercado me tocaba ir dos veces, hacía dos viajes.

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Pero todo empezó a cambiar. El gobierno va olvidando las cosas y todo va decayendo. Hubo un año que dejó de funcionar el internado porque no había recursos… Esto era muy bonito. Aquí había ganado, cerdos, gallinas, patos. A fin de año se mataban todas las gallinas para las niñas y a principios de enero nuevamente se hacía la cría?, cuenta Antonio.

Enilsa Torreglosa, quien por 35 años ha sido la enfermera del internado, recuerda que, antes, las niñas llegaban en febrero y salían una vez al mes.

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Sus familiares podían visitarlas cada 15 días. ?Ahora salen todos los viernes porque es importante que pasen tiempo con su familia?, dice. Con su voz, tierna como la de una niña, que casi no se logra escuchar, asegura: ?Mi corazón está en este internado…

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He pasado más de la mitad de mi vida trabajando aquí?.

La nostalgia de Antonio y Enilsa también contagia a María Pájaro Sierra, una joven de 23 años que llegó al internado con su hermana Milagros, a los cinco años.

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Su padre fue asesinado por grupos al margen de la ley en Arenal, sur de Bolívar, y desde entonces se mudaron a Turbaco.

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La situación económica se complicó y una tía logró que las recibieran en la institución.

?El internado es una oportunidad para las familias que no tienen dinero.

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La experiencia que viví allá fue excelente, nos trataron muy bien y el aprendizaje fue muy bueno… Siempre recuerdo cuando nos teníamos que levantar a las 5:30 de la mañana. Hice muchísimas amigas que aún conservo. Mi lugar favorito era el dormitorio porque todo era tranquilo, ordenado, allí orábamos y hacíamos las tareas con las compañeras?, rememora María.

Todos hacen fuerza para que el internado no desaparezca, que siga recibiendo nuevas generaciones y que vuelva a esa época gloriosa y de abundancia de la que habla Antonio.

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Ese es el compromiso de Geovani Cogollo, rector de la Institución Educativa Alfonso López Pumarejo.

?Cuando llegué a la institución encontré que el internado venía de un tiempo de receso.

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Había que tomar una decisión radical: seguir con él o dejar todo hasta ahí. Optamos por continuar y reactivarlo. Ha sido muy difícil sostenerlo durante estos últimos años, porque hay muchas necesidades y los recursos que llegan no son suficientes.

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Necesitamos un apoyo bastante grande. Necesitamos trabajadoras sociales, psicólogas, porque no son niñas que mandan acá porque en su casa no las aguantan, no, son personitas que llegan acá porque en su familia existe algún problema.

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Tenemos casos muy difíciles?, indica Cogollo.

Ve el internado como una labor social y, aunque sabe muy bien de la lucha constante por conseguir los alimentos, no desfallece en su propósito.

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?Hemos conseguido una gestión de la Secretaría de Educación de Bolívar para arreglar el dormitorio, las baterías sanitarias y los salones, que ya se están interviniendo…

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Tenemos pensado poner en marcha un plan padrino para que personas de buen corazón puedan donar, que puedan, por ejemplo, donar la comida de un día, una merienda o lo que esté en sus posibilidades.

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La idea, también, es hacer un banco de alimentos. Este año se está pensando, además, en talleres de teatro, danza y música para que tengan varias actividades dentro del programa?.

Este internado, uno de los pocos que aún quedan en Colombia, es y ha sido el hogar y la casualidad más bonita de muchas niñas en Bolívar.

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No son rebeldes, por el contrario, el único rebelde ha sido él, que se ha resistido a morir.

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